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Fernando Pérez.


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Maria, mi dulce amor

Ella sabía como nadie
que los ríos del alma nunca tienen frío,
sabía que una paloma blanca no es la paz,
al menos no lo es del todo.
María acariciaba con mesura
la sombra de la luna
pero de distinta forma a como esperas
a como sientes.
María es un ideal
ese tierno latido de la brisa,
que va y viene,
que te atrae y te retiene
como la sal del mar
que ayer sentí en mi cara.
Ella me quiere de tal forma
que se arrebata en mil colores,
en dulce beso algodonado.
Su mirada de roca y amapola,
su risa alegre y llana
pasean por esos sueños míos,
que me elevan entre altares.
No me canso de verla,
de recordarla,
de mirarme en sus ojos negros de azabache.
María es un lucero,
es la misma luz hecha misterio,
sobre todo cuando se marcha,
y retiene aquellas caricias clandestinas
que turbaron el ser y lo hicieron posible.
María no es lo que tu piensas,
pero está tan presente en el tiempo,
como el claro de luna llena,
como el cosmos y los agujeros negros.
María, mi dulce amor,
siempre espero el aire de tus besos,
sentir tu regreso como propio.
María es horizonte,
tierra y fuego,
María es terciopelo y acogida,
es como ese ángel omnipresente,
que te cuida sin recelo,
que te guía sin poner precio,
sin hacer ruido.
María es el barco de los sueños,
la música del arpa que seduce,
que embeleza,
que acurruca.
Ayer se fue de nuevo,
a buscar en las playas vacías,
el vuelo, el canto, el silencio.
Se que volverá,
siempre lo hace,
pero jamás me dijo cuando.
Aquí la espero,
entre mis ilusiones,
recostado en mi ser hombre,
y oculto entre secretos,
entre sueños que nunca se marchitan,
y es que María
nunca dijo no a la ultima cita
por eso yo la espero.


Fernando Pérez.

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 28-04-2004
Última modificación: 18-12-2013


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