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CONCHA LÓPEZ


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La función docente

Inaudito. Eso es lo único que se me ocurre ante el documento que contiene el Proyecto de Estatuto de la Función Docente. Inaudito e increíble. Habrá más adjetivos para aplicarle, pero estos son los más leves con los que se puede calificar tan tamaño despropósito. La profesión docente está siendo desprestigiada por todas partes en los últimos tiempos. Las personas que somos descendientes de la posguerra y que nos criamos en un medio rural, a la sazón pobre y hasta cierto punto hostil, tendemos a proyectar en nuestras crianzas nuestras propias frustraciones, defendiendo, muchas veces, lo indefendible de conductas que nada tienen que ver con la buena convivencia entre iguales y olvidamos que, de nuestras enseñanzas, conductas y directrices, depende lo que en el futuro hagan y legislen estas crianzas.
Y lo más inaudito es que toda la carrera docente se supedite a las cuatro monedas con las que se pretende comprar la competencia del cuerpo docente. Una carrera de fondo en la que se antepone el bienestar socioeconómico de las clases medias/altas, a lo que realmente considero que es la función docente. Parece que la estructura piramidal de la educación es la mejor forma de organización, dejando a un lado el espíritu democrático y la valoración real del trabajo que cada profesional desempeña a diario. Según este Estatuto, quien elija trabajar en la sombra por los valores democráticos y de igualdad, dejará de subir en la pirámide económica y de reconocimiento y, si quiere subir, ha de tener que someterse a la arbitrariedad del criterio de la dirección de los centros y de la administración: si andas por el camino recto, progresas adecuadamente; si no andas, “largo me lo “fiais” y, aunque dejes la piel en tu trabajo, la única compensación ha de ser la del deber cumplido, la tranquilidad de tu conciencia.
Hace años, creo, también había algo semejante: la medalla al mérito en el trabajo. Esa medalla se otorgaba (creo también) a quien, después de una vida de entrega, finalizaba su carrera sin crear problemas a la administración o a las empresas. Eran muy pocas las personas que la recibían, ya que, en medio rural había muchas maestras y maestros de quien no se sabía nada (vicisitudes de la falta de medios rápidos de comunicación) y acababan su vida profesional sin que nadie (excepto la gente de las aldeas) valorase el esfuerzo por enseñar a leer y escribir a personas que vivían por y para la economía de subsistencia: trabajar para no morir de hambre.
Desde mi punto de vista, la función docente no es otra que la de sacar, de esas cabecitas sin formar, PERSONAS capaces de ser críticas ante las injusticias sociales, con una idea clara de lo que quieren que sea su futuro como tales, leyendo, contando y escribiendo, teniendo la valentía necesaria para hacer frente a la cultura de la imagen y a aquello de que “el fin justifica los medios”.
Desde mi punto de vista, también, el mero hecho de que en nuestra profesión se introduzcan grados y carreras para conseguir un mejor estatus económico dentro de un CUERPO que debía ser, por definición, ÚNICO, me parece un cúmulo de despropósitos, como si la proyección de las diferencias personales y de criterio entre el profesorado no fueran ya suficientes para establecer diferencias en la docencia.
Se introducen, luego, en los currículos asignaturas cómo Educación para la Ciudadanía, mientras, vamos dando codazos para ver quien mejor se gana los favores de las direcciones de los centros, de las inspecciones, de las delegaciones y de los gobiernos. No sea que, por defender nuestra integridad y trabajar en silencio, perdamos unos céntimos de limosna y un reconocimiento social y laboral. Cinismo e hipocresía.
No quiero meterme en aspectos concretos del Estatuto Docente; ya lo hacen por mí las personas expertas a las que cada formación sindical, política y social designa. Simplemente me produce malestar percibir que haya personas dentro de esas organizaciones que no sean capaces de bajar al terreno de la realidad social y de la enseñanza y defiendan algo tan antidemocrático como la “MERITOCRACIA” para cobrar a final de mes cuatro monedas más, o que se vendan, muchas veces, por favores políticos, por votos y representaciones.
No me siento representada por quien defiende lo que acabo de mencionar. La función docente es mucho más y, si no queremos castigar mañana a las mujeres y a los hombres, EDUQUEMOS EN IGUALDAD Y EN La IGUALDAD hoy a las niñas y a los niños y no olvidemos que, si por ley hoy construimos pirámides, mañana alguien las tendrá que subir, también por ley. En el mundo de la medicina, se puede matar a una persona por un error de diagnóstico o tratamiento. En el mundo de la enseñanza, se pueden matar a miles, si no somos capaces de enseñar, en igualdad, a vivir en la igualdad, el respeto y la tolerancia. Y si creemos y creamos un Estatuto Docente que fomenta la desigualdad entre los/as propios/as, docentes, ¿QUE HERENCIA DEJAMOS? ¿QUÉ PODEMOS ESPERAR?


CONCHA LÓPEZ

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Publicado el: 23-09-2009
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La función docente

Inaudito. Eso es lo único que se me ocurre ante el documento que contiene el Proyecto de Estatuto de la Función Docente. Inaudito e increíble. Habrá más adjetivos para aplicarle, pero estos son los más leves con los que se puede calificar tan tamaño despropósito. La profesión docente está siendo desprestigiada por todas partes en los últimos tiempos. Las personas que somos descendientes de la posguerra y que nos criamos en un medio rural, a la sazón pobre y hasta cierto punto hostil, tendemos a proyectar en nuestras crianzas nuestras propias frustraciones, defendiendo, muchas veces, lo indefendible de conductas que nada tienen que ver con la buena convivencia entre iguales y olvidamos que, de nuestras enseñanzas, conductas y directrices, depende lo que en el futuro hagan y legislen estas crianzas.
Y lo más inaudito es que toda la carrera docente se supedite a las cuatro monedas con las que se pretende comprar la competencia del cuerpo docente. Una carrera de fondo en la que se antepone el bienestar socioeconómico de las clases medias/altas, a lo que realmente considero que es la función docente. Parece que la estructura piramidal de la educación es la mejor forma de organización, dejando a un lado el espíritu democrático y la valoración real del trabajo que cada profesional desempeña a diario. Según este Estatuto, quien elija trabajar en la sombra por los valores democráticos y de igualdad, dejará de subir en la pirámide económica y de reconocimiento y, si quiere subir, ha de tener que someterse a la arbitrariedad del criterio de la dirección de los centros y de la administración: si andas por el camino recto, progresas adecuadamente; si no andas, “largo me lo “fiais” y, aunque dejes la piel en tu trabajo, la única compensación ha de ser la del deber cumplido, la tranquilidad de tu conciencia.
Hace años, creo, también había algo semejante: la medalla al mérito en el trabajo. Esa medalla se otorgaba (creo también) a quien, después de una vida de entrega, finalizaba su carrera sin crear problemas a la administración o a las empresas. Eran muy pocas las personas que la recibían, ya que, en medio rural había muchas maestras y maestros de quien no se sabía nada (vicisitudes de la falta de medios rápidos de comunicación) y acababan su vida profesional sin que nadie (excepto la gente de las aldeas) valorase el esfuerzo por enseñar a leer y escribir a personas que vivían por y para la economía de subsistencia: trabajar para no morir de hambre.
Desde mi punto de vista, la función docente no es otra que la de sacar, de esas cabecitas sin formar, PERSONAS capaces de ser críticas ante las injusticias sociales, con una idea clara de lo que quieren que sea su futuro como tales, leyendo, contando y escribiendo, teniendo la valentía necesaria para hacer frente a la cultura de la imagen y a aquello de que “el fin justifica los medios”.
Desde mi punto de vista, también, el mero hecho de que en nuestra profesión se introduzcan grados y carreras para conseguir un mejor estatus económico dentro de un CUERPO que debía ser, por definición, ÚNICO, me parece un cúmulo de despropósitos, como si la proyección de las diferencias personales y de criterio entre el profesorado no fueran ya suficientes para establecer diferencias en la docencia.
Se introducen, luego, en los currículos asignaturas cómo Educación para la Ciudadanía, mientras, vamos dando codazos para ver quien mejor se gana los favores de las direcciones de los centros, de las inspecciones, de las delegaciones y de los gobiernos. No sea que, por defender nuestra integridad y trabajar en silencio, perdamos unos céntimos de limosna y un reconocimiento social y laboral. Cinismo e hipocresía.
No quiero meterme en aspectos concretos del Estatuto Docente; ya lo hacen por mí las personas expertas a las que cada formación sindical, política y social designa. Simplemente me produce malestar percibir que haya personas dentro de esas organizaciones que no sean capaces de bajar al terreno de la realidad social y de la enseñanza y defiendan algo tan antidemocrático como la “MERITOCRACIA” para cobrar a final de mes cuatro monedas más, o que se vendan, muchas veces, por favores políticos, por votos y representaciones.
No me siento representada por quien defiende lo que acabo de mencionar. La función docente es mucho más y, si no queremos castigar mañana a las mujeres y a los hombres, EDUQUEMOS EN IGUALDAD Y EN La IGUALDAD hoy a las niñas y a los niños y no olvidemos que, si por ley hoy construimos pirámides, mañana alguien las tendrá que subir, también por ley. En el mundo de la medicina, se puede matar a una persona por un error de diagnóstico o tratamiento. En el mundo de la enseñanza, se pueden matar a miles, si no somos capaces de enseñar, en igualdad, a vivir en la igualdad, el respeto y la tolerancia. Y si creemos y creamos un Estatuto Docente que fomenta la desigualdad entre los/as propios/as, docentes, ¿QUE HERENCIA DEJAMOS? ¿QUÉ PODEMOS ESPERAR?


CONCHA LÓPEZ

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Publicado el: 23-09-2009
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