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Julio Serrano Castillejos


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Una plaga moderna.

UNA PLAGA MODERNA



Está usted en su domicilio tomando sus alimentos o posiblemente atendiendo algún asunto muy personal como cepillarse los dientes cuando de repente suena el teléfono. Al otro lado de la línea una voz fingidamente dulce y a veces hasta meliflua le pregunta si es usted fulano de tal (obviamente han tomado su nombre del directorio de Telmex) y a continuación le ofrecen una tarjeta de crédito de Serfín, de Banamex, de Banconer o de equis institución bancaria. Lógicamente la persona que se ha metido a su hogar por medio de una línea telefónica da un nombre pero sin proporcionar garantías de que así se llama e inicia un interrogatorio inquisitorial, para que usted le regale toda clase de datos: en donde trabaja, cuanto gana mensualmente, si es casado o soltero, si tiene dependientes económicos o cuantos viven bajo su férula, que calidad ostenta en su trabajo, cuáles son sus propiedades, su domicilio actual y mil zarandajas más (nada más falta le pregunten cómo se llama su perro y si es usted proclive a enredarse con desconocidas o si por el contrario le es fiel a su media naranja, etc.)

El intruso no se ha identificado con datos satisfactorios y si usted le pide que lo haga le contesta con una evasiva, pero como usted fue contestando una a una todas sus interrogantes ya lo conocen ampliamente y pudiera ser que ya sepan si los lunares de su región glútea son del lado izquierdo o del derecho. En el mejor de los casos es efectivamente un comisionista que trabaja para un Banco y si le endilga a usted una tarjeta de crédito, se llevará una jugosa tajada el comisionista y usted una tarjeta que no le servirá para mayor cosa, pues está saturado de plásticos de dos o tres empresas dadas a financiar incautos, en razón al alto número de facilidades otorgadas en estos casos. El gancho principal para que la presunta víctima caiga en el engaño es la propuesta de que si la tarjeta se usa mes con mes en el primer año de su vigencia, no se pagará cantidad alguna de comisión por el plástico. Como es de suponerse, al segundo año las comisiones se cobran en cantidades arbitrarias y el usuario no tiene defensa alguna.

Pero también cabe la posibilidad de que con los mismos argumentos de “la venta de tarjetas de crédito” lo estén investigando a usted para hacerlo víctima de un secuestro, pues en las cárceles de México y en otros sitios ya identificados dentro del campo del hampa y la criminalidad se establecieron como “negocios legales” las privaciones de la libertad para exigir a los familiares del secuestrado un apetitoso rescate. Los que así operan desde los reclusorios cuentan con la complicidad de personas en libertad que manejan la industria del secuestro y de la extorsión como si fuese una empresa mercantil, ¡ah! y a ciencia y paciencia de las autoridades. Los teléfonos celulares son de uso común en los centros de readaptación social y se convierten en un vehículo ideal para la extorsión. No sería nada remoto que las llamadas disfrazadas de ofertas de tarjetas de crédito, sean medios de investigación para saber si el “cliente” tiene solidez pecuniaria a manera de absorber un golpe económico de proporciones mega tónicas.

Estos extraños y peligrosos sujetos saben que es fácil explotar la vanidad de cualquiera: –“Tenemos referencias de su solvencia económica y por eso le estamos ofreciendo una tarjeta de crédito con amplia cobertura y un techo financiero de más de cien mil pesos mensuales, sin necesidad de que usted cuente con un aval. Su historial crediticio nos permite ofrecerle nuestros servicios. ¿Sería tan amable de proporcionarme su fecha de nacimiento, el nombre de su cónyuge –si es usted casado-, su domicilio y los datos de la empresa en donde usted trabaja?”

El teléfono doméstico nos ha colocado a los usuarios de ese servicio en una vitrina a través de la cual nos pueden espiar impunemente, pues no existen leyes para evitar este nuevo tipo de plaga de la comunicación. La intimidad del hogar la han reducido a cero en razón a ese sistemático bombardeo de llamadas para ofrecer servicios. La propia compañía encargada del servicio, Teléfonos de México, incurre en tan manido y chocante sistema, y como es natural, acaba por meterse a las entretelas de sus clientes cautivos, con la salvedad de que si usted les dice no, se abstienen de molestarlo por segunda o tercera ocasión, a diferencia de los Bancos en donde la consigna es la vencer a sus víctimas por cansancio, por aburrimiento, fastidio o abrumación.

Lo más sensato es colgar la bocina y no entablar conversaciones con estas personas que a través de la línea telefónica se introducen a nuestros hogares. –“¡Ah! ¿Es otra vez usted?” -y de inmediato interrumpir la comunicación-. De esta manera se desalentarán quienes usan estos métodos para transacciones legales, pero que usted no ha solicitado, y ya no se diga los que se aprovechan de los datos obtenidos en los directorios de Teléfonos de México para seleccionar a sus víctimas en la comisión de delitos del orden patrimonial.

El servicio telefónico es para el usuario como el pañuelo que portamos en el bolsillo, es decir, el propio dueño sabrá en qué momento se sirve de él, cómo, cuando, porqué y en dónde. ¿No sería absurdo que un desconocido nos sacase el pañuelo de la bolsa y con esa prenda se limpiase los zapatos sin nuestra autorización?

Recopilar información sin nuestra anuencia, quitándonos la oportunidad de dedicar nuestro tiempo a asuntos más personales y de paso abusando de nuestra línea telefónica, me parece un vicio que de manera urgente amerita la intervención de las autoridades federales (la telefonía es de esa jurisdicción), creándose previamente una legislación que permita la aplicación de sanciones a los infractores. El servicio telefónico ha perdido su autonomía y su esencia original y en consecuencia se le ha desnaturalizado absurda y peligrosamente. Cuando una persona desconocida se mete a nuestros domicilios a través de su voz para lucrar con nuestro tiempo, con nuestra información y hasta con nuestra vida privada y nuestra paciencia, obviamente está lesionando intereses que merecen un mejor trato y el más elemental de los respetos, que es el de la privacía. Pero si la anónima voz es la de un delincuente, entonces el teléfono se habrá convertido en una poderosa arma en contra de su propio dueño.

No es conveniente tener los teléfonos registrados a nombre del usuario en la respectiva guía. Hasta hace unos años las ventajas eran más que las inconveniencias, pues a través de dicho registro nos localizaban amigos para hacernos visitas de cortesía. En la actualidad al usuario lo hostigan al grado de extenuarlo con llamadas en verdad impertinentes.









Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 13-09-2007
Última modificación: 07-02-2012


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UNA PLAGA MODERNA



Está usted en su domicilio tomando sus alimentos o posiblemente atendiendo algún asunto muy personal como cepillarse los dientes cuando de repente suena el teléfono. Al otro lado de la línea una voz fingidamente dulce y a veces hasta meliflua le pregunta si es usted fulano de tal (obviamente han tomado su nombre del directorio de Telmex) y a continuación le ofrecen una tarjeta de crédito de Serfín, de Banamex, de Banconer o de equis institución bancaria. Lógicamente la persona que se ha metido a su hogar por medio de una línea telefónica da un nombre pero sin proporcionar garantías de que así se llama e inicia un interrogatorio inquisitorial, para que usted le regale toda clase de datos: en donde trabaja, cuanto gana mensualmente, si es casado o soltero, si tiene dependientes económicos o cuantos viven bajo su férula, que calidad ostenta en su trabajo, cuáles son sus propiedades, su domicilio actual y mil zarandajas más (nada más falta le pregunten cómo se llama su perro y si es usted proclive a enredarse con desconocidas o si por el contrario le es fiel a su media naranja, etc.)

El intruso no se ha identificado con datos satisfactorios y si usted le pide que lo haga le contesta con una evasiva, pero como usted fue contestando una a una todas sus interrogantes ya lo conocen ampliamente y pudiera ser que ya sepan si los lunares de su región glútea son del lado izquierdo o del derecho. En el mejor de los casos es efectivamente un comisionista que trabaja para un Banco y si le endilga a usted una tarjeta de crédito, se llevará una jugosa tajada el comisionista y usted una tarjeta que no le servirá para mayor cosa, pues está saturado de plásticos de dos o tres empresas dadas a financiar incautos, en razón al alto número de facilidades otorgadas en estos casos. El gancho principal para que la presunta víctima caiga en el engaño es la propuesta de que si la tarjeta se usa mes con mes en el primer año de su vigencia, no se pagará cantidad alguna de comisión por el plástico. Como es de suponerse, al segundo año las comisiones se cobran en cantidades arbitrarias y el usuario no tiene defensa alguna.

Pero también cabe la posibilidad de que con los mismos argumentos de “la venta de tarjetas de crédito” lo estén investigando a usted para hacerlo víctima de un secuestro, pues en las cárceles de México y en otros sitios ya identificados dentro del campo del hampa y la criminalidad se establecieron como “negocios legales” las privaciones de la libertad para exigir a los familiares del secuestrado un apetitoso rescate. Los que así operan desde los reclusorios cuentan con la complicidad de personas en libertad que manejan la industria del secuestro y de la extorsión como si fuese una empresa mercantil, ¡ah! y a ciencia y paciencia de las autoridades. Los teléfonos celulares son de uso común en los centros de readaptación social y se convierten en un vehículo ideal para la extorsión. No sería nada remoto que las llamadas disfrazadas de ofertas de tarjetas de crédito, sean medios de investigación para saber si el “cliente” tiene solidez pecuniaria a manera de absorber un golpe económico de proporciones mega tónicas.

Estos extraños y peligrosos sujetos saben que es fácil explotar la vanidad de cualquiera: –“Tenemos referencias de su solvencia económica y por eso le estamos ofreciendo una tarjeta de crédito con amplia cobertura y un techo financiero de más de cien mil pesos mensuales, sin necesidad de que usted cuente con un aval. Su historial crediticio nos permite ofrecerle nuestros servicios. ¿Sería tan amable de proporcionarme su fecha de nacimiento, el nombre de su cónyuge –si es usted casado-, su domicilio y los datos de la empresa en donde usted trabaja?”

El teléfono doméstico nos ha colocado a los usuarios de ese servicio en una vitrina a través de la cual nos pueden espiar impunemente, pues no existen leyes para evitar este nuevo tipo de plaga de la comunicación. La intimidad del hogar la han reducido a cero en razón a ese sistemático bombardeo de llamadas para ofrecer servicios. La propia compañía encargada del servicio, Teléfonos de México, incurre en tan manido y chocante sistema, y como es natural, acaba por meterse a las entretelas de sus clientes cautivos, con la salvedad de que si usted les dice no, se abstienen de molestarlo por segunda o tercera ocasión, a diferencia de los Bancos en donde la consigna es la vencer a sus víctimas por cansancio, por aburrimiento, fastidio o abrumación.

Lo más sensato es colgar la bocina y no entablar conversaciones con estas personas que a través de la línea telefónica se introducen a nuestros hogares. –“¡Ah! ¿Es otra vez usted?” -y de inmediato interrumpir la comunicación-. De esta manera se desalentarán quienes usan estos métodos para transacciones legales, pero que usted no ha solicitado, y ya no se diga los que se aprovechan de los datos obtenidos en los directorios de Teléfonos de México para seleccionar a sus víctimas en la comisión de delitos del orden patrimonial.

El servicio telefónico es para el usuario como el pañuelo que portamos en el bolsillo, es decir, el propio dueño sabrá en qué momento se sirve de él, cómo, cuando, porqué y en dónde. ¿No sería absurdo que un desconocido nos sacase el pañuelo de la bolsa y con esa prenda se limpiase los zapatos sin nuestra autorización?

Recopilar información sin nuestra anuencia, quitándonos la oportunidad de dedicar nuestro tiempo a asuntos más personales y de paso abusando de nuestra línea telefónica, me parece un vicio que de manera urgente amerita la intervención de las autoridades federales (la telefonía es de esa jurisdicción), creándose previamente una legislación que permita la aplicación de sanciones a los infractores. El servicio telefónico ha perdido su autonomía y su esencia original y en consecuencia se le ha desnaturalizado absurda y peligrosamente. Cuando una persona desconocida se mete a nuestros domicilios a través de su voz para lucrar con nuestro tiempo, con nuestra información y hasta con nuestra vida privada y nuestra paciencia, obviamente está lesionando intereses que merecen un mejor trato y el más elemental de los respetos, que es el de la privacía. Pero si la anónima voz es la de un delincuente, entonces el teléfono se habrá convertido en una poderosa arma en contra de su propio dueño.

No es conveniente tener los teléfonos registrados a nombre del usuario en la respectiva guía. Hasta hace unos años las ventajas eran más que las inconveniencias, pues a través de dicho registro nos localizaban amigos para hacernos visitas de cortesía. En la actualidad al usuario lo hostigan al grado de extenuarlo con llamadas en verdad impertinentes.









Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 13-09-2007
Última modificación: 07-02-2012


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