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Julio Serrano Castillejos


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El glorioso ICACH

La vida cultural de Chiapas se había concentrado en la antigua capital del estado, San Cristóbal de las Casas, en donde tenían la más añeja Escuela de Derecho del país, pero Tuxtla Gutiérrez se había quedado atrás en dicho renglón y no obstante ser ya la ciudad con el asiento de los poderes, en materia educativa andaba arrastrando la cobija lastimosamente. Fue así como en el año de 1944 y dentro del gobierno del doctor Rafael Pascasio Gamboa se inauguró el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, en unas modernas instalaciones de la Segunda Avenida Sur.

La idea de dotar a Tuxtla con un instituto de esas características fue visionaria, pero no se contaba con personal docente a manera de cumplir la tarea de educar a la juventud chiapaneca ni en las ciencias ni en las artes, y de esa manera, se optó por arrancar las actividades de la nueva institución con escuela secundaria y con escuela preparatoria, lo que no dejaba de representar un hito histórico pues la población había visto emigrar hacia la capital de la República a sus jóvenes en la búsqueda de preparación y ya con el título colgado en las paredes de sus despachos se quedaban a practicar su profesión en la gran urbe, convirtiéndose en turistas de su propio terruño.

Cuando llegamos a vivir a Tuxtla en el año de 1949 mis hermanos y yo, quedé inscrito en la escuela de referencia conocida por sus siglas como el ICACH. Tenía dos construcciones un poco parecidas a los cuarteles militares de la ciudad de México y sin mayores atractivos arquitectónicos, pero bastante funcionales para su época. Una de planta baja y dos pisos con un reloj al centro y la de al lado de dos plantas. En la primera se alojaban las aulas y en la segunda la dirección y el Paraninfo. En este salón de regulares dimensiones y de forma cuadrangular se escenificaban los bailes, las graduaciones y las ceremonias que requerían de cierta formalidad.

Contaba la escuela con una cancha de futbol de tepetate con tribunas hacia el lado poniente y una alberca en su costado oriente, al fondo estaba un frontón muy grande para ser de frontenis y muy pequeño para el jai-alai. A un costado del frontón estaban los talleres, en donde por cierto el maestro Brandi nos enseñó a confeccionar ajuares de mimbre. Ya para terminarse el año lectivo me dijo este profesor: -“Creo vas a ponchar talleres, pero si te doy unas clases particulares aprobarás el examen”. Le mandé a pedir dinero a mi papá por conducto de mi tío Fredy para mis clases especiales y cuando se lo llevé al maestro Brandi, quién además exigió se le pagase por adelantado, me dijo: -“Mira qué rápido aprendiste a hacer muebles de mimbre, vete tranquilo pues ya estás aprobado, pero si le vas con el chisme a tus papás perderás mi buena voluntad además del dinero”. Previamente a continuar con mis recuerdos de la institución de enseñanza que da origen al presente capítulo, debo situar al lector en el respectivo espacio físico.

Estas líneas están dirigidas a las nuevas generaciones para comentarles brevemente cómo se vivía en el Tuxtla de hace poco más de medio siglo, cuando el autor de estas líneas estudiaba el primer año de la escuela secundaria en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas.

Aunque parezca una incongruencia en el año de 1949 la energía eléctrica para el uso público en la capital del estado, no tenía la fuerza capaz para echar a funcionar un ventilador y mucho menos aparatos más sofisticados como los refrigeradores y los fonógrafos. Un señor de apellido Utrilla, con una modesta planta de gasolina generadora de electricidad dotaba a los 23 mil pobladores, de luz, si así se le puede llamar a la que irradiaban los focos de las casas, apenas suficiente para no tropezar con los muebles y comparable a la de una vela. Por ese entonces don Vicente Rubiera tenía una fábrica de hielo en la Segunda Calle Oriente entre las avenidas Primera y Segunda Sur, muy cerca de la Avenida Central; las familias de buenos recursos ahí mandaban a comprar medio bloc de hielo para el uso diario y con él mantenían frescos ciertos alimentos, sentando en el bloc los recipientes que los contenían. Para no sufrir los habitantes de tan singular población el arduo calor de las noches “conejas”, las camas tenían un bastidor de madera parado en cuatro patas, sobre el bastidor una red de mecate y encima de ésta se colocaba una colchoneta y arriba un petate a manera de evitar el calentamiento por la acción directa del cuerpo. Si alguien deseaba contar con buena luz por las noches, digamos para estudiar un libro, debía encender una lámpara de capuchón y recipiente para la gasolina, inyectándole aire a través de un émbolo para facilitar la combustión. Los peluqueros y las encargadas de salones de belleza regalaban a sus clientes más asiduos abanicos de cartón, generalmente con la fotografía impresa de María Félix, de Pedro Armendáriz, de Dolores del Río o de otros actores de cine, para refrescarse la cara en los veranos más calurosos.

Las puertas de las casas permanecían abiertas todos los días a partir de las siete de la mañana y sólo las cerraban para ir a dormir. Algunas familias, para evitar penetraran los perros callejeros, en la entrada principal de la casa instalaban una puerta de cuatro hojas, dejando abiertas las dos de arriba, en donde se asomaban las vendedoras ambulantes para preguntar con una vernácula tonada: “-¿Va “asté” a querer quesillo fresco? ¿Va “asté” a comprar pan?”. El mercado entero pasaba por la puerta de las casas de las familias y de tal manera cuando se acercaba la hora de la comida los niños pedían un “mi” quinto o un “mi” diez para comprar guaya o para el “puxinú”, otros para las obleas y algunos más para su “caballito” y el turulete, panes de sabor muy concentrado de anís.

Muy pocas familias gozaban de instalaciones sanitarias como las de hoy, en sus domicilios particulares. Cuentan que una señora estaba sentada una tarde en una poltrona colocada en la banqueta de su casa y al ver pasar a una vecina le dijo:

“-En mi patio tengo donde, no vaya usted hasta su casa”. La amiga entonces movió la cabeza negativamente y con firmeza señaló tocándose nuevamente el vientre: “-Como va usted a creer, esto es para mi cochi”. Entenderá el lector, al conocer la anécdota, que en las casas de aquellos tiempos en los patios se instalaba un primitivo cobertizo y encima de una zanja se ponía un cajón con un orificio de treinta centímetros de diámetro. Ese era el escusado.

Tuxtla tenía del Parque Central hacia el extremo poniente 15 cuadras terminándose por ese lado en la penitenciaria y el hotel Bonampak, por el lado oriente otras 15 cuadras, o sea, dos más después de donde está actualmente la gasolinera Gamboa. A lo ancho la mancha urbana llegaba hasta la Novena Avenida Sur y en el otro costado hasta la Tercera Avenida Norte, al tener en este lado una barrera natural: el río Sabinal. Era sitio favorito de los estudiantes, de los burócratas y de los viajeros o representantes de laboratorios farmacéuticos, el de las llamadas refresqueras, ubicadas enfrente del parque “Rodulfo Figueroa” a un costado de la catedral de San Marcos, en donde despachaban piña picada con agua endulzada, bolas de tamarindo “revolcadas” en azúcar disueltas en agua, los refrescos de esencia de leche quemada denominados pomposamente de crema, el popular y espumoso tascalate y la típica limonada, con hielo raspado. Por las noches los únicos sitios públicos para ir a cenar, eran el restaurante de don Enrique Marroquín (El Marrito), del cual dio amplia cuenta don Rubén López Cárcamo en sus sabrosos escritos que le publicara ya para finalizar el siglo XX el periodista Enrique García Cuéllar en la revista “Aerópago”; el “Café París” de Aquiles Cruz y Yolanda Lara ubicado en la parte alta del hotel San Carlos enfrente del Parque Central y las polleras de la iglesia de Guadalupe. La “ciudad” era francamente pueblerina pero al mismo tiempo deliciosamente acogedora y muy segura y como no contaba con mayores diversiones en días ordinarios, la gente se iba a refugiar al cine Alameda, de don Federico Serrano Castro, pues como tenía instalada una planta propia de luz, los siete días de la semana exhibía lo mejor de las producciones cinematográficas mexicanas y de los Estados Unidos.

En tales circunstancias el citado cine era un importante centro social de los tuxtlecos de diversos niveles y en los intermedios de asiento a asiento las gentes se dirigían saludos y sonrisas, mientras las parejas con hijos e hijas “en edad de merecer” vigilaban el buen comportamiento de sus pollos y pollas, sentados de preferencia en las primeras filas del lunetario.

El único medio de transporte público era un camión de regular tamaño propiedad de don Romeo Corzo bautizado por sus usuarios como el “diecero”, en razón al costo del pasaje, diez centavos. Con motivo de la inflación años después paso a ser el “veintero”. Los taxistas se contaban con los dedos de una mano y como la demanda local era muy escasa, solían prestar servicio para ir a San Cristóbal, Coita, Cintalapa, Arriaga y en algunas ocasiones a la ciudad de México.


Los más destacados profesores del ICACH llegaban a pie para impartir sus cátedras y uno que otro en bicicleta, colocándose para ello una liga en la parte baja de la pierna derecha del pantalón, para evitar manchar la prenda con la grasa empolvada de la cadena, o en otros casos, para no sufrir la molesta mordedura de la tela con los engranes de la corona. No obstante la improvisación de la mayoría de los mentores, los hubo de calidad extraordinaria como el maestro Mauro Calderón, de quién ya comenté en mis memorias su alta calidad moral. Era don Mauro un hombre probo, de cuerpo más bien delgado, pelo entrecano, crespo y de entradas en la frente; con una sólida cultura y un buen expositor de historia universal, de la historia de Chiapas, de México y de las culturas más singulares de la antigüedad. Originario de Juchitán, Oaxaca, se hizo tuxtleco de tiempo completo y acá tuvo una familia numerosa y siempre fue respetado y querido.

Don Alberto Chanona, de piel clara y sonrosada, de pelo abundante y totalmente cano, gustaba de vestir pantalón blanco y guayaberas albas como un amanecer, de esas que las lavanderas de la época blanqueaban revolcándolas en ceniza; tenía fama de ser muy enamorado y de piropear a sus alumnas más guapas, pero nunca lo vi cometer una incorrección. De él aprendimos los nombres de los más de cien municipios de Chiapas, los principales accidentes geográficos de la entidad, con sus ríos, montañas, lagunas y regiones tan dispares unas de otras como para justificar ese misterioso panorama que por años ha fascinado a propios y extraños. Don Alberto se me antojaba una especie de San Nicolás moderno. Se sentaba en la banqueta de su casa junto a su esposa y sus hijas para ver transcurrir la tarde y de paso saludar a sus amistades.

El maestro Eduardo J. Albores, nos daba la clase de historia de México y también universal. Era uno de los pilares culturales de nuestra querida escuela, siempre muy serio y con un rictus de solemnidad que le granjeaba el respeto de sus alumnos, de tez morena, de estatura y peso regular, con el pelo peinado hacia atrás. Los muchachos que nada más estaban esperando un pretexto para apodar a sus profesores, aprovecharon las muchas explicaciones que don Eduardo nos diera sobre una vernácula planta llamada “Pompushuti”, para clavarle ese sobre nombre que llevaría para toda la vida con una dignidad de Santo Job. Murió, curiosamente, el día que por decreto gubernamental el glorioso ICACH pasó a ser Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, anunciándose su fallecimiento ante una nutrida concurrencia en el teatro de la ciudad que al recibir la noticia irrumpió en aplausos, para darle en homenaje una cariñosa despedida.

La maestra Eloisa de Marín, familiarmente conocida como doña Locha, era profesora de Biología y siempre tuvo un alto concepto de la carrera magisterial. Ponía especial énfasis en enseñarnos los diversos tipos de partición de las células y nos exigía aprender las distintas fases de la cariocinesis, interrogándonos al respecto hasta en los pasillos de la escuela para saber si teníamos la lección bien aprendida. Mujer enérgica pero en el fondo de hechuras maternales hacia el alumnado, doña Eloisa se mostró muy complacida cuando al encontrarla en un acto cultural y pasados treinta años de sus cátedras le repetí ante la presencia de mi esposa las fases de la cariocinesis explicando cada una de ellas.

El maestro Mario Araujo nos impartía la clase de matemáticas a una hora de recalcitrante calor cuando además los rayos del sol penetraban por la ventana del salón de clases. Vestía de casimir, regularmente azul marino a rayas y no dejaba la corbata ni en los días más sofocantes. Era alto, delgado y usaba un bigotillo parecido al de Adolfo Hitler y además fumaba como chacuaco. Por él sentí siempre especial afecto y así se lo hice saber en varias ocasiones a su hija Teté Araujo.

El maestro de dibujo constructivo era José María de la Cruz, quien me daba clases particulares en sus oficinas de la Comisión Agraria Mixta en el Palacio del Gobierno Federal, poniéndome a dibujar una silla y las sombras proyectadas por la misma desde diversas fuentes de luz. Me sentaba cerca de una ventana y ahí escuchaba en las sinfonolas de las refresqueras aquello de “acuérdate de Acapulco… María bonita María del alma, acuérdate que en la playa con tus manitas las estrellitas las enjuagabas” de Agustín Lara. Era el maestro Chemita muy apreciado por toda la comunidad estudiantil. El otro maestro, pero de dibujo de imitación era José María Montesinos, quien al insistirnos en saber apreciar las perspectivas Y DIBUJARLAS CON MAESTRÍA de un modelo para pasarlo al papel, decía por un defecto de pronunciación “la peshpectiva”, quedándole para toda la vida en calidad de mote “La Peshpe”.

Si algún maestro dejó huella en la formación intelectual de sus alumnos fue precisamente don Álvaro Raquel Mendoza y es que nos inculcó el apego hacia las más bellas formas de expresión literaria. Campechaneaba sus labores didácticas en el ramo de la literatura española con la confección de lápidas para las tumbas del Panteón Civil. Era de baja estatura, pasado de kilogramos, pero muy serio y de buen carácter. Bueno, conmigo era un ángel y hasta me daba clases particulares en su casa, siempre descalzo para refrescarse al pisar el cemento de su corredor, acostado en su hamaca yucateca y abanicándose la cara para no sufrir el calor de las tardes del verano tuxtleco. A todos sus alumnos nos obligó a memorizar “Los motivos del lobo” de Rubén Darío: “El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y tierno Francisco de Asís, está con un rudo y torvo animal”. A mi respetable maestro le decían “La Mashanda” y nunca supe el origen de ese sobre nombre, ni lo use para referirme a él aunque ahora lo consigno a nombre de un elemental rigor histórico. Por cierto, en una época de férreo control político del Partido Revolucionario Institucional, don Álvaro Raquel Mendoza lanzó su candidatura de manera independiente para obtener el cargo de presidente municipal de Tuxtla y ganó las elecciones, lo que vino a representar un hito pues dicho partido era una auténtica aplanadora dados los controles que manejaba en el campo del corporativismo y en otros aún más efectivos.

Posteriormente las leyes electorales suprimieron las candidaturas independientes llegándose a adoptar el llamado sistema de partidos políticos, con el que muchos estudiosos de los fenómenos democráticos no están totalmente de acuerdo. Pero a últimas fechas las candidaturas electorales serán aceptadas de nuevo y ya están en proceso de incluirse en los códigos electorales del país.
Lugar muy especial conserva en mi afecto y en mi memoria el maestro Carlos Castañón Gamboa, hermano de don Fernando, PRIMER Premio Chiapas, quien fuera padre de mi esposa. Era conocido como el maestro “Calichis”, íntimo amigo de mi progenitor, casado con una hermana de la madre de mi cónyuge, doña Candita Morell Ramos. Era un querido maestro de educación física en el ICACH y mentor de muchas generaciones de alumnos y de jóvenes maestros de la citada disciplina. Simpático y ocurrente como pocos, con un sentido muy fino de la oportunidad para dar respuestas ingeniosas, bailador, dicharachero, de buena voz en el canto y con amigos en todas las latitudes de la geografía chiapaneca. Fue asesor costumbrista de Juan Bustillo Oro en la filmación de la célebre película “Al son de la marimba” en la que participó en un importante papel. El día de mi examen final de educación física ha de haber pensado que yo no sabía ni jota de las reglas deportivas, pues con el deliberado propósito de facilitarme la prueba teórica me echó un “torito” de beisbol : -“Estás en la primera base y un compañero tuyo que está de bateador pega de hit ¿hacía donde corres?” Mi respuesta fue inmediata: -“A la segunda base”. Rascándose la cabeza dijo a los ahí presentes: -“¡Que barbaridad, este muchacho sabe mucho de béisbol!” y lógicamente me dio una calificación aprobatoria.

El maestro Lisandro Díaz esposo de mi tía doña Flor Castillejos, nos daba la clase de inglés en el ICACH y nos traía locos con las conjugaciones de los verbos. Llegaba en bicicleta a la escuela y se mostraba tan enérgico que los muchachos fueron a exigir al director, el profesor Alberto Gutiérrez, nos lo cambiase por otro de menos dureza. Fue así como conocí al maestro Víctor Manuel Reyna, quien aprovechando su contacto con los deportistas infantiles de aquella época fundó el equipo de futbol “Júnior” copiando para ello el uniforme del Necaxa, equipo de la primera división profesional. Lógicamente participé en el pequeño grupo de fundadores, entre los que recuerdo a tres primos míos: Federico y Roberto Serrano Figueroa y al “Chino” Miguel Serrano Pino; también vienen a mi memoria Laco Zepeda, Nachito y Pancho Narváez, Jorge Figueroa, también familiar mío, y además Rubén Araujo, Rafa “La Pilinga” Gómez de León, Roger Grajales, Roberto Utrilla, Domingo Martínez, Julio Ramos Grajales, Luis Orantes y Salomón Tan.
Nuestro maestro de civismo fue el licenciado Francisco Coello Cantoral, de buena presencia en el vestir, blancote como típico “coleto” y muy pulcro en la exposición de su materia, misma que con el paso de los años habría de desaparecer de los programas educativos, indebidamente, pues un conglomerado que desconoce sus derechos y sus obligaciones no puede tener un eficiente comportamiento cívico. Pasados treinta y cinco años me lo encontraba en los juzgados civiles de Tapachula, en donde litigaba este ex maestro del ICACH y a donde llegaba yo a atender asuntos de Petróleos Mexicanos.

Eduardo Selvas al que por su prominente nariz los muchachos apodaron “La Cotorra” fue nuestro maestro de música. En el Paraninfo o salón de actos del ICACH nos ponía a solfear y nos daba conocimientos elementales de su materia, la que llegó a dominar como todo un profesional. Ya de adulto y a través de algunas lecturas supe de los amplios conocimientos musicales de este chiapaneco al cual no se le ha hecho justicia del todo ni ha recibido los reconocimientos inherentes a sus muchos méritos. Otros famosos maestros del ICACH, aunque no tuve la fortuna de que lo fueran míos, acá los recuerdo: César Cortés, Canito y Cano Puro.

De mis contemporáneos del ICACH tengo muy buenos recuerdos, pero curiosamente el mejor de mis amigos iba en años más avanzados en sus estudios. Me refiero a Julio Humberto Trujillo, actualmente notario público en Tuxtla, quien junto con Antonio “Tony” García Sánchez, Virgilio Culebro López, Carlos “El Chato” Parada y otros, fue fundador de la asociación civil de ex alumnos del ICACH, en donde lo he visto cada vez que convocan a reunión a ex alumnos de dicha institución pertenecientes a diversas generaciones, entre ellos a Enoch Cancino Casahonda, ya desparecido, célebre poeta y piedra angular del mas sabroso romanticismo versificado en homenaje a Chiapas.

Muchos de mis amigos de la escuela mencionada ya fallecieron, como Randolfo Robles Sasso, Arturo Vals Hernández, hermano de Sergio, actual ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y Jorge Salinas Gamboa, abogados de muy buen nivel profesional los tres antes mencionados. Este último fue mi pareja de frontenis y con él viví anécdotas dignas de ser comentadas, como cuando entre Gilberto Robles, Luis Nataren, Vidal Vázquez y Jorge Villafuerte nos llevaron a conocer a las pecadoras siendo unos adolescentes de trece años y en plena feria de Guadalupe, para convertir el desliz decembrino en una temeraria audacia de juventud.

En mi grupo escolar estaban incluidas Guadalupe Flores Castellanos, ahora psicóloga de reconocida fama, Irela Nucamendi, Navy Zebadúa y mi comadre Guadalupe Noble. Sólo a Lupita Flores la he vuelto a ver. También recuerdo a Betty y Carlos Chanona, a Pacífico Rojas y a Elsa Robles, a Miguel Pérez, a René Corzo, a Chuma Hernández, a Nayo Zentella, ya fallecido. También traté dentro del ICACH a Iram Vázquez, al “Tigre” Clemente Castillo García Jurado y al muy inquieto Julio Esponda, político oaxaqueño de formación tuxtleca en sus años de educación secundaria, aunque no eran mis compañeros de aulas pero si de correrías estudiantiles.

Atrás de la escuela mencionada había un alto y casi vertical terraplén de arcilla que en épocas de lluvias era resbaladiza y chiclosa. Le decíamos “El Rodadero”, pues ahí jugábamos a escalar la cuesta y a sentirnos en la casa del jabonero, en donde “el que no cae resbala”. Era el Tuxtla de aquellos días una pequeña población en donde las actividades recreativas eran tan pocas como para tomar la temporada de asistir al lugar antes indicado, como algo fuera de serie. ¿Quién nos iba a decir que aquella risueña población de escasos veinticinco mil habitantes en los primeros años del siglo XXI sería una ciudad de más de setecientas mil almas con servicios y tiendas departamentales que antes nunca soñamos tener y hasta con tres aeropuertos?
Con el correr de los años el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas se convirtió en universidad y como ya contaba con Escuela de Música, Escuela de Veterinaria, Escuela de Odontología, Escuela de Psicología y ramas similares, logró justificar su nombre plenamente. Como residente de Tuxtla me tocó integrar por varios años la Junta de Gobierno de la nueva Universidad cuando era rector el destacado intelectual Andrés Fábregas Puig, correspondiéndome participar en la elección de otros cuatro rectores más. El actual rector, ingeniero Roberto Domínguez Castellanos, es un digno sucesor de aquella pléyade de maestros chiapanecos que dieran lustre al Glorioso ICACH, piedra angular del arranque de una nueva era educacional en la capital chiapaneca… GRACIAS a todos por su amable atención.








Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 25-02-2006
Última modificación: 15-12-2016


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El glorioso ICACH

La vida cultural de Chiapas se había concentrado en la antigua capital del estado, San Cristóbal de las Casas, en donde tenían la más añeja Escuela de Derecho del país, pero Tuxtla Gutiérrez se había quedado atrás en dicho renglón y no obstante ser ya la ciudad con el asiento de los poderes, en materia educativa andaba arrastrando la cobija lastimosamente. Fue así como en el año de 1944 y dentro del gobierno del doctor Rafael Pascasio Gamboa se inauguró el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, en unas modernas instalaciones de la Segunda Avenida Sur.

La idea de dotar a Tuxtla con un instituto de esas características fue visionaria, pero no se contaba con personal docente a manera de cumplir la tarea de educar a la juventud chiapaneca ni en las ciencias ni en las artes, y de esa manera, se optó por arrancar las actividades de la nueva institución con escuela secundaria y con escuela preparatoria, lo que no dejaba de representar un hito histórico pues la población había visto emigrar hacia la capital de la República a sus jóvenes en la búsqueda de preparación y ya con el título colgado en las paredes de sus despachos se quedaban a practicar su profesión en la gran urbe, convirtiéndose en turistas de su propio terruño.

Cuando llegamos a vivir a Tuxtla en el año de 1949 mis hermanos y yo, quedé inscrito en la escuela de referencia conocida por sus siglas como el ICACH. Tenía dos construcciones un poco parecidas a los cuarteles militares de la ciudad de México y sin mayores atractivos arquitectónicos, pero bastante funcionales para su época. Una de planta baja y dos pisos con un reloj al centro y la de al lado de dos plantas. En la primera se alojaban las aulas y en la segunda la dirección y el Paraninfo. En este salón de regulares dimensiones y de forma cuadrangular se escenificaban los bailes, las graduaciones y las ceremonias que requerían de cierta formalidad.

Contaba la escuela con una cancha de futbol de tepetate con tribunas hacia el lado poniente y una alberca en su costado oriente, al fondo estaba un frontón muy grande para ser de frontenis y muy pequeño para el jai-alai. A un costado del frontón estaban los talleres, en donde por cierto el maestro Brandi nos enseñó a confeccionar ajuares de mimbre. Ya para terminarse el año lectivo me dijo este profesor: -“Creo vas a ponchar talleres, pero si te doy unas clases particulares aprobarás el examen”. Le mandé a pedir dinero a mi papá por conducto de mi tío Fredy para mis clases especiales y cuando se lo llevé al maestro Brandi, quién además exigió se le pagase por adelantado, me dijo: -“Mira qué rápido aprendiste a hacer muebles de mimbre, vete tranquilo pues ya estás aprobado, pero si le vas con el chisme a tus papás perderás mi buena voluntad además del dinero”. Previamente a continuar con mis recuerdos de la institución de enseñanza que da origen al presente capítulo, debo situar al lector en el respectivo espacio físico.

Estas líneas están dirigidas a las nuevas generaciones para comentarles brevemente cómo se vivía en el Tuxtla de hace poco más de medio siglo, cuando el autor de estas líneas estudiaba el primer año de la escuela secundaria en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas.

Aunque parezca una incongruencia en el año de 1949 la energía eléctrica para el uso público en la capital del estado, no tenía la fuerza capaz para echar a funcionar un ventilador y mucho menos aparatos más sofisticados como los refrigeradores y los fonógrafos. Un señor de apellido Utrilla, con una modesta planta de gasolina generadora de electricidad dotaba a los 23 mil pobladores, de luz, si así se le puede llamar a la que irradiaban los focos de las casas, apenas suficiente para no tropezar con los muebles y comparable a la de una vela. Por ese entonces don Vicente Rubiera tenía una fábrica de hielo en la Segunda Calle Oriente entre las avenidas Primera y Segunda Sur, muy cerca de la Avenida Central; las familias de buenos recursos ahí mandaban a comprar medio bloc de hielo para el uso diario y con él mantenían frescos ciertos alimentos, sentando en el bloc los recipientes que los contenían. Para no sufrir los habitantes de tan singular población el arduo calor de las noches “conejas”, las camas tenían un bastidor de madera parado en cuatro patas, sobre el bastidor una red de mecate y encima de ésta se colocaba una colchoneta y arriba un petate a manera de evitar el calentamiento por la acción directa del cuerpo. Si alguien deseaba contar con buena luz por las noches, digamos para estudiar un libro, debía encender una lámpara de capuchón y recipiente para la gasolina, inyectándole aire a través de un émbolo para facilitar la combustión. Los peluqueros y las encargadas de salones de belleza regalaban a sus clientes más asiduos abanicos de cartón, generalmente con la fotografía impresa de María Félix, de Pedro Armendáriz, de Dolores del Río o de otros actores de cine, para refrescarse la cara en los veranos más calurosos.

Las puertas de las casas permanecían abiertas todos los días a partir de las siete de la mañana y sólo las cerraban para ir a dormir. Algunas familias, para evitar penetraran los perros callejeros, en la entrada principal de la casa instalaban una puerta de cuatro hojas, dejando abiertas las dos de arriba, en donde se asomaban las vendedoras ambulantes para preguntar con una vernácula tonada: “-¿Va “asté” a querer quesillo fresco? ¿Va “asté” a comprar pan?”. El mercado entero pasaba por la puerta de las casas de las familias y de tal manera cuando se acercaba la hora de la comida los niños pedían un “mi” quinto o un “mi” diez para comprar guaya o para el “puxinú”, otros para las obleas y algunos más para su “caballito” y el turulete, panes de sabor muy concentrado de anís.

Muy pocas familias gozaban de instalaciones sanitarias como las de hoy, en sus domicilios particulares. Cuentan que una señora estaba sentada una tarde en una poltrona colocada en la banqueta de su casa y al ver pasar a una vecina le dijo:

“-En mi patio tengo donde, no vaya usted hasta su casa”. La amiga entonces movió la cabeza negativamente y con firmeza señaló tocándose nuevamente el vientre: “-Como va usted a creer, esto es para mi cochi”. Entenderá el lector, al conocer la anécdota, que en las casas de aquellos tiempos en los patios se instalaba un primitivo cobertizo y encima de una zanja se ponía un cajón con un orificio de treinta centímetros de diámetro. Ese era el escusado.

Tuxtla tenía del Parque Central hacia el extremo poniente 15 cuadras terminándose por ese lado en la penitenciaria y el hotel Bonampak, por el lado oriente otras 15 cuadras, o sea, dos más después de donde está actualmente la gasolinera Gamboa. A lo ancho la mancha urbana llegaba hasta la Novena Avenida Sur y en el otro costado hasta la Tercera Avenida Norte, al tener en este lado una barrera natural: el río Sabinal. Era sitio favorito de los estudiantes, de los burócratas y de los viajeros o representantes de laboratorios farmacéuticos, el de las llamadas refresqueras, ubicadas enfrente del parque “Rodulfo Figueroa” a un costado de la catedral de San Marcos, en donde despachaban piña picada con agua endulzada, bolas de tamarindo “revolcadas” en azúcar disueltas en agua, los refrescos de esencia de leche quemada denominados pomposamente de crema, el popular y espumoso tascalate y la típica limonada, con hielo raspado. Por las noches los únicos sitios públicos para ir a cenar, eran el restaurante de don Enrique Marroquín (El Marrito), del cual dio amplia cuenta don Rubén López Cárcamo en sus sabrosos escritos que le publicara ya para finalizar el siglo XX el periodista Enrique García Cuéllar en la revista “Aerópago”; el “Café París” de Aquiles Cruz y Yolanda Lara ubicado en la parte alta del hotel San Carlos enfrente del Parque Central y las polleras de la iglesia de Guadalupe. La “ciudad” era francamente pueblerina pero al mismo tiempo deliciosamente acogedora y muy segura y como no contaba con mayores diversiones en días ordinarios, la gente se iba a refugiar al cine Alameda, de don Federico Serrano Castro, pues como tenía instalada una planta propia de luz, los siete días de la semana exhibía lo mejor de las producciones cinematográficas mexicanas y de los Estados Unidos.

En tales circunstancias el citado cine era un importante centro social de los tuxtlecos de diversos niveles y en los intermedios de asiento a asiento las gentes se dirigían saludos y sonrisas, mientras las parejas con hijos e hijas “en edad de merecer” vigilaban el buen comportamiento de sus pollos y pollas, sentados de preferencia en las primeras filas del lunetario.

El único medio de transporte público era un camión de regular tamaño propiedad de don Romeo Corzo bautizado por sus usuarios como el “diecero”, en razón al costo del pasaje, diez centavos. Con motivo de la inflación años después paso a ser el “veintero”. Los taxistas se contaban con los dedos de una mano y como la demanda local era muy escasa, solían prestar servicio para ir a San Cristóbal, Coita, Cintalapa, Arriaga y en algunas ocasiones a la ciudad de México.


Los más destacados profesores del ICACH llegaban a pie para impartir sus cátedras y uno que otro en bicicleta, colocándose para ello una liga en la parte baja de la pierna derecha del pantalón, para evitar manchar la prenda con la grasa empolvada de la cadena, o en otros casos, para no sufrir la molesta mordedura de la tela con los engranes de la corona. No obstante la improvisación de la mayoría de los mentores, los hubo de calidad extraordinaria como el maestro Mauro Calderón, de quién ya comenté en mis memorias su alta calidad moral. Era don Mauro un hombre probo, de cuerpo más bien delgado, pelo entrecano, crespo y de entradas en la frente; con una sólida cultura y un buen expositor de historia universal, de la historia de Chiapas, de México y de las culturas más singulares de la antigüedad. Originario de Juchitán, Oaxaca, se hizo tuxtleco de tiempo completo y acá tuvo una familia numerosa y siempre fue respetado y querido.

Don Alberto Chanona, de piel clara y sonrosada, de pelo abundante y totalmente cano, gustaba de vestir pantalón blanco y guayaberas albas como un amanecer, de esas que las lavanderas de la época blanqueaban revolcándolas en ceniza; tenía fama de ser muy enamorado y de piropear a sus alumnas más guapas, pero nunca lo vi cometer una incorrección. De él aprendimos los nombres de los más de cien municipios de Chiapas, los principales accidentes geográficos de la entidad, con sus ríos, montañas, lagunas y regiones tan dispares unas de otras como para justificar ese misterioso panorama que por años ha fascinado a propios y extraños. Don Alberto se me antojaba una especie de San Nicolás moderno. Se sentaba en la banqueta de su casa junto a su esposa y sus hijas para ver transcurrir la tarde y de paso saludar a sus amistades.

El maestro Eduardo J. Albores, nos daba la clase de historia de México y también universal. Era uno de los pilares culturales de nuestra querida escuela, siempre muy serio y con un rictus de solemnidad que le granjeaba el respeto de sus alumnos, de tez morena, de estatura y peso regular, con el pelo peinado hacia atrás. Los muchachos que nada más estaban esperando un pretexto para apodar a sus profesores, aprovecharon las muchas explicaciones que don Eduardo nos diera sobre una vernácula planta llamada “Pompushuti”, para clavarle ese sobre nombre que llevaría para toda la vida con una dignidad de Santo Job. Murió, curiosamente, el día que por decreto gubernamental el glorioso ICACH pasó a ser Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, anunciándose su fallecimiento ante una nutrida concurrencia en el teatro de la ciudad que al recibir la noticia irrumpió en aplausos, para darle en homenaje una cariñosa despedida.

La maestra Eloisa de Marín, familiarmente conocida como doña Locha, era profesora de Biología y siempre tuvo un alto concepto de la carrera magisterial. Ponía especial énfasis en enseñarnos los diversos tipos de partición de las células y nos exigía aprender las distintas fases de la cariocinesis, interrogándonos al respecto hasta en los pasillos de la escuela para saber si teníamos la lección bien aprendida. Mujer enérgica pero en el fondo de hechuras maternales hacia el alumnado, doña Eloisa se mostró muy complacida cuando al encontrarla en un acto cultural y pasados treinta años de sus cátedras le repetí ante la presencia de mi esposa las fases de la cariocinesis explicando cada una de ellas.

El maestro Mario Araujo nos impartía la clase de matemáticas a una hora de recalcitrante calor cuando además los rayos del sol penetraban por la ventana del salón de clases. Vestía de casimir, regularmente azul marino a rayas y no dejaba la corbata ni en los días más sofocantes. Era alto, delgado y usaba un bigotillo parecido al de Adolfo Hitler y además fumaba como chacuaco. Por él sentí siempre especial afecto y así se lo hice saber en varias ocasiones a su hija Teté Araujo.

El maestro de dibujo constructivo era José María de la Cruz, quien me daba clases particulares en sus oficinas de la Comisión Agraria Mixta en el Palacio del Gobierno Federal, poniéndome a dibujar una silla y las sombras proyectadas por la misma desde diversas fuentes de luz. Me sentaba cerca de una ventana y ahí escuchaba en las sinfonolas de las refresqueras aquello de “acuérdate de Acapulco… María bonita María del alma, acuérdate que en la playa con tus manitas las estrellitas las enjuagabas” de Agustín Lara. Era el maestro Chemita muy apreciado por toda la comunidad estudiantil. El otro maestro, pero de dibujo de imitación era José María Montesinos, quien al insistirnos en saber apreciar las perspectivas Y DIBUJARLAS CON MAESTRÍA de un modelo para pasarlo al papel, decía por un defecto de pronunciación “la peshpectiva”, quedándole para toda la vida en calidad de mote “La Peshpe”.

Si algún maestro dejó huella en la formación intelectual de sus alumnos fue precisamente don Álvaro Raquel Mendoza y es que nos inculcó el apego hacia las más bellas formas de expresión literaria. Campechaneaba sus labores didácticas en el ramo de la literatura española con la confección de lápidas para las tumbas del Panteón Civil. Era de baja estatura, pasado de kilogramos, pero muy serio y de buen carácter. Bueno, conmigo era un ángel y hasta me daba clases particulares en su casa, siempre descalzo para refrescarse al pisar el cemento de su corredor, acostado en su hamaca yucateca y abanicándose la cara para no sufrir el calor de las tardes del verano tuxtleco. A todos sus alumnos nos obligó a memorizar “Los motivos del lobo” de Rubén Darío: “El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y tierno Francisco de Asís, está con un rudo y torvo animal”. A mi respetable maestro le decían “La Mashanda” y nunca supe el origen de ese sobre nombre, ni lo use para referirme a él aunque ahora lo consigno a nombre de un elemental rigor histórico. Por cierto, en una época de férreo control político del Partido Revolucionario Institucional, don Álvaro Raquel Mendoza lanzó su candidatura de manera independiente para obtener el cargo de presidente municipal de Tuxtla y ganó las elecciones, lo que vino a representar un hito pues dicho partido era una auténtica aplanadora dados los controles que manejaba en el campo del corporativismo y en otros aún más efectivos.

Posteriormente las leyes electorales suprimieron las candidaturas independientes llegándose a adoptar el llamado sistema de partidos políticos, con el que muchos estudiosos de los fenómenos democráticos no están totalmente de acuerdo. Pero a últimas fechas las candidaturas electorales serán aceptadas de nuevo y ya están en proceso de incluirse en los códigos electorales del país.
Lugar muy especial conserva en mi afecto y en mi memoria el maestro Carlos Castañón Gamboa, hermano de don Fernando, PRIMER Premio Chiapas, quien fuera padre de mi esposa. Era conocido como el maestro “Calichis”, íntimo amigo de mi progenitor, casado con una hermana de la madre de mi cónyuge, doña Candita Morell Ramos. Era un querido maestro de educación física en el ICACH y mentor de muchas generaciones de alumnos y de jóvenes maestros de la citada disciplina. Simpático y ocurrente como pocos, con un sentido muy fino de la oportunidad para dar respuestas ingeniosas, bailador, dicharachero, de buena voz en el canto y con amigos en todas las latitudes de la geografía chiapaneca. Fue asesor costumbrista de Juan Bustillo Oro en la filmación de la célebre película “Al son de la marimba” en la que participó en un importante papel. El día de mi examen final de educación física ha de haber pensado que yo no sabía ni jota de las reglas deportivas, pues con el deliberado propósito de facilitarme la prueba teórica me echó un “torito” de beisbol : -“Estás en la primera base y un compañero tuyo que está de bateador pega de hit ¿hacía donde corres?” Mi respuesta fue inmediata: -“A la segunda base”. Rascándose la cabeza dijo a los ahí presentes: -“¡Que barbaridad, este muchacho sabe mucho de béisbol!” y lógicamente me dio una calificación aprobatoria.

El maestro Lisandro Díaz esposo de mi tía doña Flor Castillejos, nos daba la clase de inglés en el ICACH y nos traía locos con las conjugaciones de los verbos. Llegaba en bicicleta a la escuela y se mostraba tan enérgico que los muchachos fueron a exigir al director, el profesor Alberto Gutiérrez, nos lo cambiase por otro de menos dureza. Fue así como conocí al maestro Víctor Manuel Reyna, quien aprovechando su contacto con los deportistas infantiles de aquella época fundó el equipo de futbol “Júnior” copiando para ello el uniforme del Necaxa, equipo de la primera división profesional. Lógicamente participé en el pequeño grupo de fundadores, entre los que recuerdo a tres primos míos: Federico y Roberto Serrano Figueroa y al “Chino” Miguel Serrano Pino; también vienen a mi memoria Laco Zepeda, Nachito y Pancho Narváez, Jorge Figueroa, también familiar mío, y además Rubén Araujo, Rafa “La Pilinga” Gómez de León, Roger Grajales, Roberto Utrilla, Domingo Martínez, Julio Ramos Grajales, Luis Orantes y Salomón Tan.
Nuestro maestro de civismo fue el licenciado Francisco Coello Cantoral, de buena presencia en el vestir, blancote como típico “coleto” y muy pulcro en la exposición de su materia, misma que con el paso de los años habría de desaparecer de los programas educativos, indebidamente, pues un conglomerado que desconoce sus derechos y sus obligaciones no puede tener un eficiente comportamiento cívico. Pasados treinta y cinco años me lo encontraba en los juzgados civiles de Tapachula, en donde litigaba este ex maestro del ICACH y a donde llegaba yo a atender asuntos de Petróleos Mexicanos.

Eduardo Selvas al que por su prominente nariz los muchachos apodaron “La Cotorra” fue nuestro maestro de música. En el Paraninfo o salón de actos del ICACH nos ponía a solfear y nos daba conocimientos elementales de su materia, la que llegó a dominar como todo un profesional. Ya de adulto y a través de algunas lecturas supe de los amplios conocimientos musicales de este chiapaneco al cual no se le ha hecho justicia del todo ni ha recibido los reconocimientos inherentes a sus muchos méritos. Otros famosos maestros del ICACH, aunque no tuve la fortuna de que lo fueran míos, acá los recuerdo: César Cortés, Canito y Cano Puro.

De mis contemporáneos del ICACH tengo muy buenos recuerdos, pero curiosamente el mejor de mis amigos iba en años más avanzados en sus estudios. Me refiero a Julio Humberto Trujillo, actualmente notario público en Tuxtla, quien junto con Antonio “Tony” García Sánchez, Virgilio Culebro López, Carlos “El Chato” Parada y otros, fue fundador de la asociación civil de ex alumnos del ICACH, en donde lo he visto cada vez que convocan a reunión a ex alumnos de dicha institución pertenecientes a diversas generaciones, entre ellos a Enoch Cancino Casahonda, ya desparecido, célebre poeta y piedra angular del mas sabroso romanticismo versificado en homenaje a Chiapas.

Muchos de mis amigos de la escuela mencionada ya fallecieron, como Randolfo Robles Sasso, Arturo Vals Hernández, hermano de Sergio, actual ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y Jorge Salinas Gamboa, abogados de muy buen nivel profesional los tres antes mencionados. Este último fue mi pareja de frontenis y con él viví anécdotas dignas de ser comentadas, como cuando entre Gilberto Robles, Luis Nataren, Vidal Vázquez y Jorge Villafuerte nos llevaron a conocer a las pecadoras siendo unos adolescentes de trece años y en plena feria de Guadalupe, para convertir el desliz decembrino en una temeraria audacia de juventud.

En mi grupo escolar estaban incluidas Guadalupe Flores Castellanos, ahora psicóloga de reconocida fama, Irela Nucamendi, Navy Zebadúa y mi comadre Guadalupe Noble. Sólo a Lupita Flores la he vuelto a ver. También recuerdo a Betty y Carlos Chanona, a Pacífico Rojas y a Elsa Robles, a Miguel Pérez, a René Corzo, a Chuma Hernández, a Nayo Zentella, ya fallecido. También traté dentro del ICACH a Iram Vázquez, al “Tigre” Clemente Castillo García Jurado y al muy inquieto Julio Esponda, político oaxaqueño de formación tuxtleca en sus años de educación secundaria, aunque no eran mis compañeros de aulas pero si de correrías estudiantiles.

Atrás de la escuela mencionada había un alto y casi vertical terraplén de arcilla que en épocas de lluvias era resbaladiza y chiclosa. Le decíamos “El Rodadero”, pues ahí jugábamos a escalar la cuesta y a sentirnos en la casa del jabonero, en donde “el que no cae resbala”. Era el Tuxtla de aquellos días una pequeña población en donde las actividades recreativas eran tan pocas como para tomar la temporada de asistir al lugar antes indicado, como algo fuera de serie. ¿Quién nos iba a decir que aquella risueña población de escasos veinticinco mil habitantes en los primeros años del siglo XXI sería una ciudad de más de setecientas mil almas con servicios y tiendas departamentales que antes nunca soñamos tener y hasta con tres aeropuertos?
Con el correr de los años el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas se convirtió en universidad y como ya contaba con Escuela de Música, Escuela de Veterinaria, Escuela de Odontología, Escuela de Psicología y ramas similares, logró justificar su nombre plenamente. Como residente de Tuxtla me tocó integrar por varios años la Junta de Gobierno de la nueva Universidad cuando era rector el destacado intelectual Andrés Fábregas Puig, correspondiéndome participar en la elección de otros cuatro rectores más. El actual rector, ingeniero Roberto Domínguez Castellanos, es un digno sucesor de aquella pléyade de maestros chiapanecos que dieran lustre al Glorioso ICACH, piedra angular del arranque de una nueva era educacional en la capital chiapaneca… GRACIAS a todos por su amable atención.








Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 25-02-2006
Última modificación: 15-12-2016


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