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Carlos Cañas


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En Busca del Santo Grial. (ensayo)





En amor fuimos concebidos en nuestro nacimiento, venimos de la plenitud primera y la experimentamos mientras no abrimos nuestros pequeños ojos, al estar con nosotros mismos en plena conciencia de lo eterno. Una conciencia mágica de sabernos permanentes, porque no estamos pensando la eternidad como una vastedad de tiempo insondable, si no mas bien un presente activo y luminoso, sin apego al instante que se va. Es tiempo presente vivido con amor, virgen inocencia en comunidad con lo absoluto.

Abriendo los ojos nos percataremos del mundo de los sentidos y entonces nacerá el Yo como necesidad de darnos una respuesta de aquello que se ve separado de nosotros en lo externo. Existo Yo porque hay un eso fuera de mí y necesito explicarlo. Entonces concebimos por primera vez la dualidad y la virginidad de la concepción primera se habrá roto en mil pedazos. Este es un paso natural e insoslayable a nuestro camino por este mundo de forma. Tratamos de conocer lo externo para no sentir miedo, ese miedo terrible de no sabernos completos, porque desde aquí buscamos la unidad, aún en esta primeras etapas de la vida, en lo externo. La materia no debe ser menospreciada, es un fin válido ahora, porque Dios es todo lo existente y lo contempla todo en unidad y no hay nada menos divino en la materia. Negarlo sería negar su omnipresencia y hacerlo desaparecer inútilmente con nuestra ignorancia.

Ha muerto el presente.

Naturalmente este segundo nacimiento lleva indudablemente al dolor: las imágenes separadas por el tiempo, la memoria del momento que pasó, un pasado inretornable y e irreverente, un futuro que se pierde por falta de un hoy. Ha muerto el presente, se ha muerto en nuestros recuerdos y ansias. Ha nacido la división.




El ego y el amor.

Nació el ego, en el triste miedo de ser menos, en el miedo inescapable de morir sin haber tenido todo, de vagar errante sin creencia válida. Porque no hay certeza y la forma es traicionera, cambia cuando menos lo esperamos.

Después de muchos pasos inseguros por la vida recogiendo todo tipo de cosas, de apegarnos tristemente a los objetos y a las cadenas de sucesos, abarcando más porque otro se apoderará de lo que no alcancemos a poseer, nos damos cuenta que nunca seremos plenos, nadie puede tener todo. Llegaremos tarde o temprano a las primeras concepciones del Amor, ese acto de dar sin medida ni recompensa, ese desprendimiento de la materia en actos nobles altruistas. ¿ha muerto el ego entonces? No, solo ha madurado y es ese darse cuenta que puede compartir y darse en servicio a los demás sin perder nada, algo misterioso ha sucedido: la materia no era plena, no podía poseerse todo, era sencillamente imposible, pero ahora sabe que se puede dar sin perder y que compartir llena el corazón en vez de vaciarlo. El miedo va cesando en poder, ya no existe ese temor a que otro nos robe nuestros tesoros de arena, ni la ansiedad primera de tener más cada vez. Ahora hay más sabiduría.

Dando a todos y para todos así vamos como en carroza repartiendo con el corazón abierto todo lo que podemos, pero no llegamos hasta todos los que necesitan y por más amor que pretendamos compartir, no alcanzamos el objetivo de plenitud que hemos sentido en reminiscencias de las primigenias edades y que es el recuerdo quimérico de cuando fuimos completos .

Sí, dándonos a los demás incondicionalmente no nos sentiremos plenos en totalidad. Eso sí, es un gran paso para el alma que nació a las primeras manifestaciones del amor.









El Mago y la búsqueda.

Dando y dándonos seguiremos sin duda, pero un estruendo como voz de rayo nos hará caer de rodillas en la tierra. Este paso es crítico, lloraremos fuego existencial, se rompe la ilusión, pero es el inicio en la búsqueda de la fuente de todo lo que existe.

El dar persistirá, pero habrá nacido el pequeño mago que busca la fuente de las aguas diamantinas, esa fuente que da vida y que es plena en si misma. Era eso lo que se buscaba desde un principio pero ciegos ante la forma manifestada no lo habíamos visto. Comienza la búsqueda de lo divino y reconoceremos este paso porque estaremos muy a gusto en soledad y el buscar será plegaria y expansión de conciencia. Buscaremos concientemente de muchas formas, adentro de nosotros aquello que antes buscábamos afuera. Este es el viaje del Alquimista, el Mago de los cuentos antiguos que transformaba el plomo en oro brillante.

Dar era un impulso, pero lleno de búsqueda interna tendrá sentido vivencial. Ya sabremos que no se puede dar a todos a menos que encontremos la fuente misma de los milagros, esa idea arquetípica que todo lo contiene y que es continua fuera de los cauces del tiempo. Ese amor será mas verdadero a medida nos acerquemos al final de la búsqueda, que sin duda es abrirse paso por la selva interna en busca del infinito manantial.










La contemplación en los ojos de lo eterno.

Después de un largo camino interior nos damos cuenta que la luz está en todo lo que existe, es lo que anima, ya sea en lo denso como en lo sutil, porque todo es Uno y no puede separarse la fuente de sus aguas aunque parezcan lejanas. La inocencia renace con la fuerza de la sabiduría ganada a tientas por los caminos del misterio, con un asombro sincero que no es mas que extinguir las sombras de la mentira, reconociendo la verdad que está implícita en todo lo creado.

La luz de las estrellas penetra por nuestros ojos, somos la misma luz, comienza a nacer la unidad, nada nos separa de la estrella, su luz se hermana con nuestra mirada y la estrella es luz. La ilusión de la diversidad se habrá roto en un solo destello, tendremos frente a frente al origen de todo lo que existe, nos veremos reflejados en los ojos de Dios y la fuente de nuestros anhelos estará a nuestra disposición. ¿Ha muerto el ego? No, nada muere y hasta el ego es divino porque no existe algo adivino.
El ego es más sutil y nos ha acompañado en la búsqueda, a tropiezos en las piedras de afuera y de dentro. Ahora el Alma ya no tiene miedo a las sombras, ya conoce la luz hermanadora de lo imperecedero y no esta dispuesta a separarse de ella.
En este momento la magia empieza a ser nuestra.















El enigma del espejo.

Los ojos de lo eterno son un espejo que refleja todo lo existente y nos veremos parados ante la divina presencia, en el brillo de su mirar de evolución. Junto a lo indivisible, el camino a casa ya develado, no es mas un misterio. Ha nacido la conciencia de lo permanente.

Pero la fuente tiene su última prueba, nuestra prueba: los espejos que reflejan todo lo que existe. Hemos sido reflejados por su luz, al ver sus ojos. Pero hay una imagen grabada en el espejo, somos nosotros mismos, nunca hubo tal fuente, somos la fuente y nuestro mirar es el mirar de la totalidad, nuestro paso es el paso de lo Divino por las mareas de evolución. Ahora el ego desaparecerá sin morir, quizás nunca existió, era solo nuestro reflejo en el origen de todas las cosas.

Desde el principio hasta el final, en la vida y en la muerte: almas invocando al espíritu inmortal, buscando el Grial de la verdad última, juntas en la unidad misma, mágica Alquimia del carbón al diamante.




Carlos Cañas

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Publicado el: 22-03-2004
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En Busca del Santo Grial. (ensayo)





En amor fuimos concebidos en nuestro nacimiento, venimos de la plenitud primera y la experimentamos mientras no abrimos nuestros pequeños ojos, al estar con nosotros mismos en plena conciencia de lo eterno. Una conciencia mágica de sabernos permanentes, porque no estamos pensando la eternidad como una vastedad de tiempo insondable, si no mas bien un presente activo y luminoso, sin apego al instante que se va. Es tiempo presente vivido con amor, virgen inocencia en comunidad con lo absoluto.

Abriendo los ojos nos percataremos del mundo de los sentidos y entonces nacerá el Yo como necesidad de darnos una respuesta de aquello que se ve separado de nosotros en lo externo. Existo Yo porque hay un eso fuera de mí y necesito explicarlo. Entonces concebimos por primera vez la dualidad y la virginidad de la concepción primera se habrá roto en mil pedazos. Este es un paso natural e insoslayable a nuestro camino por este mundo de forma. Tratamos de conocer lo externo para no sentir miedo, ese miedo terrible de no sabernos completos, porque desde aquí buscamos la unidad, aún en esta primeras etapas de la vida, en lo externo. La materia no debe ser menospreciada, es un fin válido ahora, porque Dios es todo lo existente y lo contempla todo en unidad y no hay nada menos divino en la materia. Negarlo sería negar su omnipresencia y hacerlo desaparecer inútilmente con nuestra ignorancia.

Ha muerto el presente.

Naturalmente este segundo nacimiento lleva indudablemente al dolor: las imágenes separadas por el tiempo, la memoria del momento que pasó, un pasado inretornable y e irreverente, un futuro que se pierde por falta de un hoy. Ha muerto el presente, se ha muerto en nuestros recuerdos y ansias. Ha nacido la división.




El ego y el amor.

Nació el ego, en el triste miedo de ser menos, en el miedo inescapable de morir sin haber tenido todo, de vagar errante sin creencia válida. Porque no hay certeza y la forma es traicionera, cambia cuando menos lo esperamos.

Después de muchos pasos inseguros por la vida recogiendo todo tipo de cosas, de apegarnos tristemente a los objetos y a las cadenas de sucesos, abarcando más porque otro se apoderará de lo que no alcancemos a poseer, nos damos cuenta que nunca seremos plenos, nadie puede tener todo. Llegaremos tarde o temprano a las primeras concepciones del Amor, ese acto de dar sin medida ni recompensa, ese desprendimiento de la materia en actos nobles altruistas. ¿ha muerto el ego entonces? No, solo ha madurado y es ese darse cuenta que puede compartir y darse en servicio a los demás sin perder nada, algo misterioso ha sucedido: la materia no era plena, no podía poseerse todo, era sencillamente imposible, pero ahora sabe que se puede dar sin perder y que compartir llena el corazón en vez de vaciarlo. El miedo va cesando en poder, ya no existe ese temor a que otro nos robe nuestros tesoros de arena, ni la ansiedad primera de tener más cada vez. Ahora hay más sabiduría.

Dando a todos y para todos así vamos como en carroza repartiendo con el corazón abierto todo lo que podemos, pero no llegamos hasta todos los que necesitan y por más amor que pretendamos compartir, no alcanzamos el objetivo de plenitud que hemos sentido en reminiscencias de las primigenias edades y que es el recuerdo quimérico de cuando fuimos completos .

Sí, dándonos a los demás incondicionalmente no nos sentiremos plenos en totalidad. Eso sí, es un gran paso para el alma que nació a las primeras manifestaciones del amor.









El Mago y la búsqueda.

Dando y dándonos seguiremos sin duda, pero un estruendo como voz de rayo nos hará caer de rodillas en la tierra. Este paso es crítico, lloraremos fuego existencial, se rompe la ilusión, pero es el inicio en la búsqueda de la fuente de todo lo que existe.

El dar persistirá, pero habrá nacido el pequeño mago que busca la fuente de las aguas diamantinas, esa fuente que da vida y que es plena en si misma. Era eso lo que se buscaba desde un principio pero ciegos ante la forma manifestada no lo habíamos visto. Comienza la búsqueda de lo divino y reconoceremos este paso porque estaremos muy a gusto en soledad y el buscar será plegaria y expansión de conciencia. Buscaremos concientemente de muchas formas, adentro de nosotros aquello que antes buscábamos afuera. Este es el viaje del Alquimista, el Mago de los cuentos antiguos que transformaba el plomo en oro brillante.

Dar era un impulso, pero lleno de búsqueda interna tendrá sentido vivencial. Ya sabremos que no se puede dar a todos a menos que encontremos la fuente misma de los milagros, esa idea arquetípica que todo lo contiene y que es continua fuera de los cauces del tiempo. Ese amor será mas verdadero a medida nos acerquemos al final de la búsqueda, que sin duda es abrirse paso por la selva interna en busca del infinito manantial.










La contemplación en los ojos de lo eterno.

Después de un largo camino interior nos damos cuenta que la luz está en todo lo que existe, es lo que anima, ya sea en lo denso como en lo sutil, porque todo es Uno y no puede separarse la fuente de sus aguas aunque parezcan lejanas. La inocencia renace con la fuerza de la sabiduría ganada a tientas por los caminos del misterio, con un asombro sincero que no es mas que extinguir las sombras de la mentira, reconociendo la verdad que está implícita en todo lo creado.

La luz de las estrellas penetra por nuestros ojos, somos la misma luz, comienza a nacer la unidad, nada nos separa de la estrella, su luz se hermana con nuestra mirada y la estrella es luz. La ilusión de la diversidad se habrá roto en un solo destello, tendremos frente a frente al origen de todo lo que existe, nos veremos reflejados en los ojos de Dios y la fuente de nuestros anhelos estará a nuestra disposición. ¿Ha muerto el ego? No, nada muere y hasta el ego es divino porque no existe algo adivino.
El ego es más sutil y nos ha acompañado en la búsqueda, a tropiezos en las piedras de afuera y de dentro. Ahora el Alma ya no tiene miedo a las sombras, ya conoce la luz hermanadora de lo imperecedero y no esta dispuesta a separarse de ella.
En este momento la magia empieza a ser nuestra.















El enigma del espejo.

Los ojos de lo eterno son un espejo que refleja todo lo existente y nos veremos parados ante la divina presencia, en el brillo de su mirar de evolución. Junto a lo indivisible, el camino a casa ya develado, no es mas un misterio. Ha nacido la conciencia de lo permanente.

Pero la fuente tiene su última prueba, nuestra prueba: los espejos que reflejan todo lo que existe. Hemos sido reflejados por su luz, al ver sus ojos. Pero hay una imagen grabada en el espejo, somos nosotros mismos, nunca hubo tal fuente, somos la fuente y nuestro mirar es el mirar de la totalidad, nuestro paso es el paso de lo Divino por las mareas de evolución. Ahora el ego desaparecerá sin morir, quizás nunca existió, era solo nuestro reflejo en el origen de todas las cosas.

Desde el principio hasta el final, en la vida y en la muerte: almas invocando al espíritu inmortal, buscando el Grial de la verdad última, juntas en la unidad misma, mágica Alquimia del carbón al diamante.




Carlos Cañas

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Publicado el: 22-03-2004
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