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En el laberinto del vivir

Camino en un laberinto de muros altos y paredes gruesas, que no dejan paso de luz exterior. Miro hacia arriba y encuentro allí la posibilidad de elevarme y liberarme de las serpentinas de este juego infernal, pero no tengo alas ni pértiga alguna para poder saltar.
Caminar primero y correr después en la angustia de no encontrar el paso que me lleve a la puerta de entrada, que es la misma que da la salida y que me liberaría de esta cárcel que me hace volver y encontrar los callejones cerrados que me dicen, que las metas se luchan en vericuetos de la vida que nos toca vivir.
Mis manos tropiezan, arañan y se hacen girones y se descarnan las uñas. Los pies desnudos se encallecen de tanto andar sin saber si al final, se muere una, ante la puerta de la libertad.
Encerrada estoy como pobre conejillo de indias que toman como expérimento para saber del instinto que se pretende inteligente y que no pasa de ser un intento de supervivencia.
¡Cuántas veces no nos hemos sentido inmersos en esos laberintos sin salida alguna!
¡Si sólo escucháramos alguna señal!
¡Si sólo vislumbráramos alguna luz que guiara!
¡Si sólo dejáramos que los sentidos hablaran!
Quizás tropezaríamos más fácil con la salida que al mirarla bien, ni puerta tenía...

¡Si sólo supiéramos del minuto siguiente!


Migdalia B. Mansilla R.
Mérida, 13/01/2003


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Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 30-05-2003
Última modificación: 00-00-0000


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En el laberinto del vivir

Camino en un laberinto de muros altos y paredes gruesas, que no dejan paso de luz exterior. Miro hacia arriba y encuentro allí la posibilidad de elevarme y liberarme de las serpentinas de este juego infernal, pero no tengo alas ni pértiga alguna para poder saltar.
Caminar primero y correr después en la angustia de no encontrar el paso que me lleve a la puerta de entrada, que es la misma que da la salida y que me liberaría de esta cárcel que me hace volver y encontrar los callejones cerrados que me dicen, que las metas se luchan en vericuetos de la vida que nos toca vivir.
Mis manos tropiezan, arañan y se hacen girones y se descarnan las uñas. Los pies desnudos se encallecen de tanto andar sin saber si al final, se muere una, ante la puerta de la libertad.
Encerrada estoy como pobre conejillo de indias que toman como expérimento para saber del instinto que se pretende inteligente y que no pasa de ser un intento de supervivencia.
¡Cuántas veces no nos hemos sentido inmersos en esos laberintos sin salida alguna!
¡Si sólo escucháramos alguna señal!
¡Si sólo vislumbráramos alguna luz que guiara!
¡Si sólo dejáramos que los sentidos hablaran!
Quizás tropezaríamos más fácil con la salida que al mirarla bien, ni puerta tenía...

¡Si sólo supiéramos del minuto siguiente!


Migdalia B. Mansilla R.
Mérida, 13/01/2003


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