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Marta B. Carrillo


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"JAWS" Editorial Dunken (18-12-2007)

Ahora ya todo era más complicado para Beatriz, cada palabra que escribía tenía como eco su programa de voz Jaws.
Odiaba con toda su alma a ese enano maldito que desde su PC, deletreaba y apuntaba los signos ortográficos que su teclado aplicaba. No tenía otro sistema para poder comunicarse con el mundo, sin recurrir a congéneres para trabajar sus letras.
Había intentado al comienzo de su dolencia que sus hijos le dieran una mano, sobre todo en esos escritos que habían quedado a medio hacer.
Las grandes catástrofes no avisan y su retina tampoco lo hizo, de modo tal que muchos artículos quedaron encriptados en su ordenador sin poder ver la luz del día, más aún, sin ser encontrados por sus ocasionales ayudantes que a decir verdad sufrían como su autora, en esa desesperación por traducir archivos y hasta recrear frases que esperaban el soplo divino de la inspiración de quien en su momento había comenzado a darles forma.
Jaws era un programa procesador de textos para no videntes, obsequio de un amigo. Era la gran panacea, pero tenía su impronta, no era todo lo fácil que decía ser.
Beatriz luchaba todos los días con esa voz robotizada, que fue moldeando hasta hacerla lo más humana posible, porque entre su acento marcadamente europeo, su tono ambiguo, su velocidad, escuchaba sus textos como de otro planeta. Tal era su carencia de ayuda para poder escribir o leer, que hasta fue perdonándole las diferencias humanoides, llegando a negociar algunos términos que no le resultaban simpáticos.
Discutía con Jaws, peleaba con Jaws, pero Jaws era el único capaz de leerle una y otra vez una frase sin resoplar, mirar el reloj o desaparecer escaleras abajo para atender el teléfono.
Esa tarde habían salido todos, Beatriz tenía que terminar unas crónicas y decidió no acompañar a la familia, en ese paseo campestre que incluía a Bruen (su fiel ovejero) el gran perseguidor de mariposas y cuanta brizna voladora acertase pasar a su lado.
Realmente quedarse en la casa sola y sin tener que oir ni siquiera a su mascota ladrar, fue para Beatriz un baño de tranquilidad y paz necesaria para escribir sin sobresaltos.
Transcurrido un tiempo, Beatriz escuchó ruido en planta baja, preguntó quien era, pensando que habían regresado los chicos, pero nadie le respondió …
Ensimismada en sus textos, comenzó a discutir con Jaws, porque había cambiado el significado de uno de sus cuentos. El resultado no podía ser peor, el sentido mágico de una de sus frases se había perdido para siempre, ya sería imposible reconstruir ese camino de palabras, que habían ido alineándose en su mente y que no estaban volcadas en la PC, con la misma elegancia.
Furiosa increpó y hasta insultó a su ayudante electrónico.
- ¡Noo, Jaws, así, nooo! –
Y mientras lloraba amargamente, por las correcciones mal hechas, Jaws imperturbable continuaba leyendo los párrafos cuestionados a todo volumen.
- ¡Noo, oficial! ¡Necesito por lo menos una patrulla más ! -
- ¡Noo, maldito seas Jaws! (gritó Beatriz)
¡Necesito el destacamento completo! – vociferó desaforadamente, corrigiendo el error.
Pasaron las horas y fueron aquietándose los ánimos, a medida que la gramática y la inspiración de Beatriz fueron poniéndose de acuerdo con el despótico programejo, que solía encabritarse cuando la tarea se prolongaba más de la cuenta, y se recalentaba el sistema, o vaya saber que hacía que ese cerebro electrónico comenzara a cometer errores u omitiera escritos.
Cuando llegó la familia, encontró la puerta de calle abierta, un cierto desorden y muy acomodados como para ser llevados dos televisores, cámaras digitales, la labtook, DVD, etc.
Subieron atropelladamente la escalera, temiendo lo peor y allí estaba, absorta en sus escritos (la sorprendida Beatriz) ajena a todo lo sucedido.
Aquellos dos ladrones que habían chocado con el patrullero, al huir de la casa, nunca supieron que la discusión de planta alta, había sido entre Beatriz y Jaws.
… Beatriz, no abandonaría su programejo, pues sabía que Jaws era el único a quien podía esclavizar durante horas, sin que acusara fastidio, solo una misteriosa rebeldía que lo impulsaba a cometer estropicios idiomáticos, así como inoportunas omisiones cibernéticas.



Marta B. Carrillo

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Publicado el: 19-12-2007
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